El quiosco de la Calle Goya

A Maite le gusta Diego. Le gusta desde hace un año y sin embargo, solo han cruzado siete palabras. Siempre las mismas.

-La Cuore por favor.

-Aquí tienes.

-Gracias

Es una escena que se repite desde hace miles de lunes. Pero hoy es diferente. Puede que llueva, sea tarde, haga un frío que pele, y se cumplan todos esos tópicos de las escenas de las series, cuando los personajes salen de trabajar en pleno noviembre, cansados, exhaustos y un poquito más muertos por dentro que cuando entraron a la mañana. Pero ella no cae en el tópico. No es el caso de Maite, que cruza contenta aunque algo inquieta la cortina de aire que separa el hall del edificio de los adoquines de la ciudad.

Y es que Maite es especial. Maite no entiende de prejuicios. Maite no se ha enamorado del jefe de personal, ni del compañero guapo que han trasladado desde la oficina de Barcelona. Que va, a Maite le gusta el quiosquero de la Calle Goya, un chaval de treinta y cinco años de mirada tímida y sonrisa pícara. “¡Qué combinación más curiosa!” pensó la primera vez que le compró la Cuore y le devolvió el cambio en monedas de veinte.

Pero no era solo la extraña pareja que formaban sus ojos y su boca lo que la dejó ensimismada, era un poco todo lo que había alcanzado a intuir  de Diego bajo el toldo metálico de aquel puesto. Que era un tipo ordenado, por como colocaba siempre las revistas y periódicos, con manos fuertes y de manera alfabética (Ana Rosa,  Jara y Sedal, La Razón, Montaña Ibérica). Que era un  chico elegante por como  conjuntaba  polos con Dockers, y camisas de algodón con jerseys anudados al cuello. Y que además, era un hombre de costumbres, porque siempre lo hacía en un mismo orden cromatológico, azul y gris los martes y rosa y beige los viernes.  Y a Maite, esas tres cualidades le habían resultado desde bien joven irresistibles en un hombre. Mientras sus amigas se volvían locas por el estudiante conflictivo que repetía curso en el instituto, Maite suspiraba por el delegado de clase. Cuando salían de fiesta y sus amigas iban a por el tío que revoloteaba por la pista,  ella solo tenía ojos para el amigo soso que bebía coca-cola cero apartado en una esquina.  Sus gustos eran peculiares sí, pero le aseguraban conquistas con muy poca competencia y la tranquilidad de elegir bien.

Pero vaya, no nos desviemos demasiado de la historia y volvamos al día de noviembre en el que nos encontrábamos. El de Maite feliz cruzando el hall de su edificio de oficinas. El del 11 de noviembre de 2019 para ser más exactos. Calada hasta los huesos, Maite corre hacia el quiosco a dos manzanas de su puesto de trabajo, aprovechando los diez minutos de descanso que le han sobrado gracias a reducir su comida del día a un sandwich  de máquina que ha mal engullido de pie y nerviosa. Nerviosa porque, después de un año y mil artículos leídos sobre celebrities nacionales que llevan una vida amorosa más activa que la suya, se ha decidido a dar un paso más allá. Hoy se propone pisar la calle Goya más segura de sí misma y pedirle al quiosquero de los ojos tímidos tomar un café nada más baje la persiana.

Cuando llega observa que hoy la mirada Diego no parece tan retraída y su sonrisa, más que pícara resulta triunfante, amplia. Se pueden contar sus empastes desde lejos. Viste camisa blanca y ¡oh sorpresa! un chaleco acolchado verde monte. Un color totalmente fuera de su gama teniendo en cuenta que hoy es lunes, y los lunes es turno de polo gris y jersey granate.

– ¡Hola Diego! – exclama Maite pronunciando por primera vez su nombre – ….me, me das la cuore y además, bueno me gustaría…sí te ape…

-¡Hola chica que viene todos los lunes a por la cuore! ¿No hace acaso un día esplendoroso hoy en nuestra patria?- hace una breve pausa que combina con una palma apoyada a la altura de su pecho- ¿No se siente acaso que estamos por fin todos más unidos? ¿Qué tal si además de la Cuore te llevas a casa una ración de grandes noticias? ¡Invita la casa!

Plétorico, Diego extiende su brazo y ofrece a Maite un periódico en cuya portada un tipo de barba y pecho henchido, frente a una jauría de fieles seguidores que enarbolan banderas con un ave rapaz en su centro, se asoma a un balcón con el puño apuntando al cielo.

De repente, petrificada, Maite hila por fin fino, y repasa todas las pistas que habían estado ahí siempre. Las camisas de Ralph Laurent. La inexplicable ausencia de El País  entre la revista de Ana Rosa y Jara y Sedal. La pulserita de tela rojigualda que ha lucido siempre en su muñeca y en la que no había reparado hasta ahora, absorta como había estado los últimos 365 días de su vida en esos dos ojos verdes.

Por inercia, Maite acepta la oferta 2×1 , paga con un billete de diez una revista de un euro, y se marcha, cabizbaja, sin aceptar siquiera las vueltas.  De camino al metro, utiliza las páginas de portada del diario que le han regalado para resguardarse de la fuerte lluvia. De algo necesita que le sirva esta doble derrota, la del país en el que vive, y la de tener que olvidar a su querido quiosquero.

De aquel lunes han pasado ya cinco meses. Y poco ha cambiado en la vida de nuestra protagonista y en la de nuestro país que mañana vive unas terceras elecciones. Eso sí, ahora Maite lee la cuore a través http://www.cuore.es, y aunque prefiere seguir siendo una mujer sin prejuicios, intenta quedarse prendada solo de tíos con los que cruce más de siete palabras, y solo un poquito, aunque no debería, se fija en que estos no lleven polos con Dockers.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s