La tercera ola

Quedamos cinco en la ciudad, aunque yo solo he llegado a conocer a tres; Marty, un viejo borracho que vive en el muelle, Sarah Paulson una ex-presentadora de la televisión local y Max, mi vecino del tercer piso. Al principio me pareció bastante curioso que de cinco personas que seguimos vivos de una población inicial de 100.000 personas, una de ellas viva tan próxima a mí. O quizá no, quizá la vida llama a la vida y esto era lo más lógico que podría ocurrir. Lo que sí nos quedó claro es que la muerte llama a la muerte, y lo lleva haciendo durante tres años.
Otro dato curioso es que ninguno tenemos en principio ninguna razón para seguir aquí. De hecho si hubiera habido una quiniela al comienzo de todo esto nosotros hubiéramos estado a la cola. Nadie hubiera dado un duro por nosotros. Un vagabundo alcohólico, una presentadora venida a menos …o yo, un padre abandonado por su mujer e hijos, un abogado que ha pasado los últimos diez años con la cabeza sumergida entre los papeles de su despacho, temiendo que si se asomaba a ver que había más allá de esas torres de papel no vería nada. A veces nos juntamos y hablamos de todo esto. De que somos unas caricaturas con patas que han decidido sobrevivir contra todo pronóstico. Otras veces simplemente nos sentamos uno al lado del otro sobre la húmeda piedra del muelle, mirando al infinito en busca de algo o haciéndonos simple compañía. Y aunque no diría que nos queremos, hemos establecido un vínculo extraño y creo que si de repente uno de nosotros desistiera y decidiera abandonar, unirse a lo que se fueron todos caeríamos de bruces, como una castillo de naipes o una fila de fichas de dominó. A veces discutimos sobre en qué orden caeríamos. Yo siempre me pongo en segundo lugar, pero Max está convencido de que yo sería el último. “Joder eres abogado Mark… y ya sabes… mala hierba nunca muere”. Y en momentos como ese nos permitimos reirnos un poco, pero de manera suave, solo se nos intuye en la mirada. Marty abre otro pack de Budlights y volvemos a quedarnos en silencio hasta que oscurece.
Lo cierto es que no tenemos muchos temas de los que hablar, no hablamos nunca del mundo antes del “descubrimiento”. Es demasiado doloroso. Demasiado incluso para nosotros que en realidad no perdimos demasiado. Toda esa gente, joder, son mucha gente. La mayoría se fue en una primera oleada que duró un mes más o menos. Había tantos cuerpos que los apiñamos en montículos a las afuera de la ciudad y les prendimos fuego. Es lo que habíamos visto que había que hacer en las películas. Fue duro, intenso, intoxicante. El humo persistió durante varios días recordándonos lo que acabábamos de hacer, no nos dejaba olvidarlo. Un humo denso que navegaba entre los edificios, se posaba en nuestros porches, se colaba por nuestras ventanas cada mañana. Y después de eso vino la segunda fase. La gente continuó suicidándose pero esta vez de manera lenta. Con métodos más sofisticados y quizá de manera más poética. Se fueron porque los demás se fueron. Y fue tan poco a poco y sin ruído que no nos dimos cuenta. En cuentagotas, como manzanas que caían en nuestro patio trasero y que no descubrimos hasta demasiado tarde. Y de repente solo éramos cinco.
Hoy he estado pensando en “El Quinto”. Lo bautizamos así en una de nuestras quedadas. Al otro tío que se niega a irse. Ninguno lo hemos llegado a conocer pero Sarah dice que lo vio hace dos semanas empujando un carro cerca del estadio de los Hudson y que él la vió, y que hubo un tipo de saludo tácito entre ellos. Sin ningún gesto, a cien metros. “Era como un hola pero un déjeme en paz señora todo la vez”. Vamos que en realidad es como si fuéramos cuatro en toda la ciudad, porque el tipo está claro que quiere mantenerse aparte. Y fíjate, yo pienso que “El Quinto” es el más listo de todos. Va a ser el último de Charleston, Carolina del Sur. No tiene hilos que le aten a nadie. ¿Para qué irse? ¿Para qué quedarse? Son preguntas que no tiene que hacerse a diario, que tienen el mismo peso nulo en su cerebro. Y yo sin embargo sé que si alguno de estos abandona tirará de mí hacia el otro lado por muy abogado que yo sea. Y todos abremos abandonado el barco. Todo por un puto científico que demostró que hay vida después de la muerte. Y que esta era mil veces mejor que todas las vidas juntas. Un musical constante sin enfermedades, dolor o pobreza. Por fin un lugar donde las cosas tendrían sentido y encontrarías la serenidad. ¿Y quién no se iría? ¿Qué estúpido se aferraría a la vida? Unos pocos supongo.
No sé. Hace muchas horas que no escucho a Max en el piso de abajo. Quizá haya llegado la tercera ola.
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