El arte de imaginar otras vidas

 

Era como un tipo de milagro ¿sabes? Ahí estaba sentada yo en ese sillón  en el que me hundía e hundía. Y al lado estaba él, tranquilo o nervioso, o no sé quizá pensando exactamente lo mismo que yo estaba pensando. Y enfrente teníamos a dos tipos, bueno en realidad eran  un tipo y una tipa, una pareja supusimos. Y charlaban poco, pero planeaban algo. Los dos con el móvil en la mano, pero no de esa manera en la que tienes el cacharro en la palma de la mano porque pasas del otro, porque ya no tienes nada que contarle o porque ya tienes a algún otro o otra al que se lo cuentas, no. Yo creo que lo tenían porque tenían miedo, miedo de mirarse a los ojos y que el otro supiera lo que estaba pasando en aquella mesa.  Porque, sí, sobre esa tabla de madera estaban pasando cosas importantes. Yo lo veía en los ojos  del tío, medio cerrados, pero no de una manera consciente, no. Me recordó a uno de esos perros a los que se les pone esa especie de cucurucho de  plástico y solo pueden mirar hacía adelante. Pues así estaba el chaval pero con plena convicción. Y su pierna bajo la mesa, tamborileaba sobre la madera del suelo pero para nada al son de los Black Keys, que era lo que estaba sonando en el bar. Que va. Era puro nerviosismo. O al menos esa era mi teoría. Javi decía que no, que era simple aburrimiento, tedio, y el tembleque de la pierna atendía a la indecisión del chico “Me marcho o no me marcho…Eso es lo que está pensando fijo” “Y la tía …¿qué opinas de ella?”, “Para mí que se aburre….¿no la ves con el iphone sin levantar la vista? ¡Está cambiando el salvapantallas! Si acaso estuviera jugando al candy pero…” Yo no entendía nada…¿puede parecerse una primera cita a la última? ¿el hastío con el amor? Me puse a pensar en la de miles de cosas que pude haber entendido mal en los últimos años. ¡Yo que pensaba que leía bien entre líneas y gestos! ¿Y si realmente mi padre me quería? ¿Y si mi hermana nunca quiso marcharse?  Total que pasamos la tarde haciendo teorías de mesa en mesa, de individuo en individuo, parejas ancianas, adolescentes en grupitos , unos gays que sorbían sus capuccinos en silencio. No sé, supongo que era bastante más sencillo hablar de la mesa que del sillón, o de si nosotros estábamos más cerca del final o del comienzo o puede que en ninguna parte. Camino a casa me dio por pensar que quizá eso de imaginar otras vidas había sido una extraña forma de hablar de las nuestras sin pudor, sobre lo que sentíamos aquellas dos personas sobre el plástico de ese falso chesterfield. Pero deseché la idea; que va, qué dices Mireia, entre vosotros no hay nada.

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