Office Love

Este es el día, piensas. Con la excusa de los clips, o la grapadora o cualquier otra movida de oficina te vas a acercar y le vas pedir salir. Una caña, un mosto, un lo que sea. Lo importante es poder verla fuera de aquí, lejos de ordenadores, papeleras y destructoras  de papel. Tenerla en frente, uno delante de otro, compartiendo espacio bajo la mesa, quizá rozando sus calcetines o sus botas con la punta de tu zapato, sin querer o queriendo, pero haciéndolo al fin y al cabo. Creando un pequeño universo bajo el mantel en el que quedarse a orbitar para siempre.

En estos momentos en los que estás tan nervioso te gusta recordar el primer día. Laura te gustó desde el comienzo, con esa faldita verde demasiado corta y la camisa de ribetes. Parecía venida de algún pueblo de Badajoz, directa desde la estación de autobuses a esta sórdida redacción de periódico financiero. Y sin embargo, cuando vuestras mirada coincidieron por primera vez, cerca de la máquina de café, vislumbraste osadía y descaro en ella. Y eso te intrigó y te dejó enganchado y colgando de su hilo hasta el día de hoy. Bueno eso, y la extremada falta de tela que cubría  siempre sus muslos, sobre todo al comienzo de la primavera. Por eso el mes de abril es tu mes favorito desde hace ya cuatro años.

Calmada un poco la tensión, y mientras te reajustas la corbata, repasas tu táctica frente al pequeño espejo de tu escritorio, ese que utilizas cada vez que ella entra en la oficina y tu quieres lucir guapo. Te has puesto tu mejor chaqueta, la de pana con bolsillos laterales, y unos pantalones vaqueros con los que tu madre dice que estás muy guapo. Miras el reloj, son las ocho menos cinco. Solo escasos cientos de segundos te separan de uno u otro final, pero de un final al fin y al cabo. 

De repente ves a Laura, llega antes de lo esperado. Cruza el vestíbulo más resuelta que nunca, la moqueta a su pies se vuelve alfombra roja.  Con una falda azul de encaje, la de los viernes, y una blusa nueva que marca sus pechos a ti te parece una puñetera diosa . Su cara es alegre aún no siendo la más atractiva. Cuando está a la altura de tu cubículo la llamas “¡Laura!”. Y te sorprendes hasta tú. Varias caras asoman su cabeza desde su cubículos hacia el pasillo, ella se queda quieta, con cara extrañada observando a aquel tipo raro con chaqueta de pana en pleno dos mil quince. Pero le das ternura, o yo que se que y te saluda como bien puede “Eh…Hola Jose”. Ha jugado la baza de la estadística, más concretamente la que establece que  el 33% de los varones del país se llaman así, pero tu te llamas Javier . Javier María Solano. Dudas entre corregirla o no, pero recuerdas que   incluso por un guiño de Laura tu te cambiarías el nombre a Hermenegildo si hiciera falta y se te pasa. “Estas muy guapa hoy. ¿Tienes grapas” sueltas mandando al traste todo lo ensayado. “¿te refieres a grapas como las que tienes ahí a tu derecha?” Te responde señalando la cajita de grapas que tienes junto al teclado. Pero tú sientes que ese dedo  también está señalando lo idiota que eres. Escuchas alguna risilla por detrás y una sonora carcajada de Federico el de contabilidad. Menudo imbécil. Observas como Laura se gira lentamente y tu te quedas con toda  la ilusión en la punta de la lengua, y mientras se aleja te das cuenta de que has gastado un valioso cartucho, el de la primera impresión, y que ya no podrá recuperarse.

Cuando Laura ya está sentada en su pulcro pero colorido cubículo y las risas ya han sido sofocadas, Francisco el jefe de personal sale de su despacho y la llama; “Laura ¿tienes un momento?” Y ella entra con él al cuarto, y transcurren diez minutos. Y tú solo observas la puerta de madera, esperando que ella vuelva y pensando en como enmendar el desastre anterior. Pero cuando ella sale lo hace junto a Francisco que exclama ” Atención a todos, quería informaros de un cambio en la plantilla.” Hace una pausa y mira a los ojos castaños de Laura con orgullo ” La Srta. Méndez ha sido elegida como la responsable de la implantación de la nueva redacción en Barcelona, dentro del plan de expansión de este periódico” La oficina estalla en aplausos, y tu estallas por dentro. La gente se levanta mientas tu te hundes un poco. Jorge, de la sección de bolsa la felicita, y las chicas del departamento de corrección brincan de alegría y la abrazan. A Laura se le escapan lagrimillas de felicidad y tú solo puedes concentrarte en aguantar las que tienes de pena porque sientes que ya jamás podrás orbitar alrededor de aquella mujer.   El resto del día te sumerges en los informes que te van pasando, algunos con post-its crueles  pidiéndote grapas.

Suena el pequeño timbre de las seis y sales de la oficina sin mirar atrás, quieres evitar ver como Laura empaca todas sus cosas en cajas de cartón y se despide efusivamente de compañeros de los que sí sabe el nombre. Agarrado a una barra del metro de la línea tres, sujetando el peso de aquel cuerpo triste, entre otros tantos que te aplastan, decides que una vez llegues a casa lo primero que harás será echar a la basura  esa estupida chaqueta de pana  y llamarás a tu madre para cancelar lo de ir de comprar juntos.  Y  te dices, compasivo de tí mismo, que otra Laura será tu Laura. Y otro día será el día.

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