Los locos mueren solos

Las bombillas cristalinas emitían una luz potente y sin embargo vaga y lenta sobre Humford Street. Eran las cinco de la mañana por lo que no esperaba encontrarlo en casa,  estaría danzando en algún local de Broadway, o en algún club de esos  que vivían su auge alrededor de Times Square. Pero mi esperanza era bastante ingenua por aquel entonces, y pensaba que si tocaba muy fuerte con mis nudillos la madera de nogal de su casa victoriana, él , donde fuera que estuviera se transportaría y acudiría a abrir la puerta al instante. ¡Qué felices aquellos tiempos en los que se cree en el poder de la insistencia!…¡y en la magia! Porque cuando se tiene veintiun años el amor solo se puede entender como un tipo de magia del que quieres aprender todos los trucos.

Tobbias era por aquel entonces mi instructor en lo que a amar o destruir se refiere. Tenía los ojos claros y huecos. Y yo, que siempre había sido una buena samaritana, solo quería  rellenarnos de amor cada vez que los miraba. ¡Y su pelo! Lacio, peinado hacia la derecha en horas laborales, hacia la izquierda cuando se juntaba con Brad y Nick. ¡Era toda una declaración de intenciones!  Y no solo su cabello, todo él Tobbias se transformaba cada vez que Julio, un viejo inmigrante portorriqueño que había llegado a Nueva York en la primera oleada, tocaba la campanita que anunciaba el fin de la jornada laboral. Clin-Clin-Clin.  La boca se le abría y no se le cerraba hasta la madrugada siguiente, llenando los suburbios neoyorquinos de verdades feas y mentiras locas. Comenzaba a palmear las espaldas de todos sus compañeros al ritmo del jazz que ya sonaba en su cabeza y salía triunfante de a través de las compuertas de la fábrica. “Nena” me decía en cuanto me veía, y  rodeaba mi cintura con su mano llena de grasa “vamos a quemar la ciudad ¿vale?”, y después de plantarme un largo beso cercano a la comisura de mis labios, se llevaba su mano libre a la cabeza y ladeaba su flequillo hacia la izquierda, al flanco de las libertades.

Después nos adentrabamos en Village o en Harlem, todo dependiendo del día de la semana y las ofertas de cerveza y ron que presentaran las tabernas. Brad y Nick, sus amigos de la infancia y a veces algunos compañeros de la fábrica nos acompañaban. O más bien eramos nosotros los que acompañabamos a Tobbias, porque él era el auténtico motivo de todas aquellas excursiones etílicas. Eramos personas que nos contentabamos con  compartir trozos de su tiempo. Comenzabamos con cerveza hasta que alguno empezaba a bailar encima de su sila y comprendiamos que era hora de pasarse al ron y explorar algunos de los locales más turbios del sur de Manhattan al ritmo de Bebop.

Mi parte favorita de la noche siempre era cuando Tobbias me susurraba con la voz de Miles Davis:”Baby, won’t you make up your mind Just don’t keep breaking my heartY yo me dejaba hacer y pensaba en como sería el mundo si aquella noche no fuera a acabarse. Y después lo recogía del suelo y lo acompañaba hasta su casa .

Pero el día anterior a acción de gracias de 1958 todo fue diferente. Unos nubarrones me persiguieron en mi habitual camino a la fabrica, a través de más de 10 manzanas. Julio, el portorriqueño, tocó la campana cuatro veces “Clin Clin Clin Clin” y Tobbias abrazó con su mano la cintura de una mujer pelirroja en vez de la mía. Y después comenzó a llover y aún no había parado cuando lo ví acercarse y doblar la esquina de  Humford Street sobre las siete de la mañana.

– Ey, nena ¿qué haces aquí?

Yo lo miraba , con los nudillos enrojecidos y sentada en las escaleras a los pies de su puerta.

– Escúchame Kate. No me mires así. Sabías que no  podíamos seguir así eternamente. Yo moriré solo. Lo sé. Lo supe en cuanto vi pasar aquel coche que casi me atropella la otra noche, con esa mujer mirándome fijamente. Me decía “Eres un estúpido, pero lo estás haciendo bien, vas a ser feliz”.

-Mira. No me preocupa como morir si no como voy a vivir. Podemos vivir juntos y morir solos ¿vale? Deja a la zorra esa con la que te has ido esta tarde….Fingiré que no ha ocurrido y nunca te lo reprocharé.

-Kate no seas estúpida, venga, sabes que no me gustan las estúpidas. No voy a estar con Cinthia, ni tampoco contigo…¡o qué se yo! Quizá sí, pero no ahora o mañana, y por supuesto no para siempre.

-Eres un jodido idiota…

-Kate, nunca te dije que no lo fuera. ¿Qué esperabas? ¿Qué cualquier día de estos sacara de mis pantalones un anillo y me hiciera desgraciado el resto de mi vida?

Aún veo a Tobbias de vez en cuando, sobre todo cuando cruzo la novena con la octava o en la intersección entre Perry y Hudson Street. Yo lo observo  siempre desde la acera de enfrente sin interveni, hasta que la semana pasada el me miró desde el otro lado con sus ojos huecos. Aquel contacto visual no duró más de unas cuantas fracciones de segundo, pero pude intuir tanto que no me recuerda como  que no quiere olvidarme, como si eso fuera posible. Y luego, como si aquella lucidez momentanea lo hubiera dejado agotado, los ojos se le fueron apagando, acomodó los periódicos y se quedó dormido entre las terribles noticias que asolan el mundo y la página de clasificados.

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