Escúchame

Siempre he tenido cierta obsesión por comenzar una historia así:

Escúchame…

Suelo ir por la calle pensando que debería escribir y siempre comienzo con esa palabra. Como si fuera un toque de atención o una llamada que llevo demasiado tiempo esperando;

Escúchame

Y siempre la continúo y nunca la termino. Siempre hablo de cosas diferentes hasta que mi mente llega a tí, o  a él o a cualquiera de los subnormales con los que me he topado en mi vida, y después, logicamente desisto de la idea de incorporarte en mis relatos, o incorporarle o incorporarlos… No vaya a ser que tenga que agradeceros el Premio Planeta.

-Escúchame, no tienes nada que temer. De verdad. Yo no soy como los demás hombres que conoces – me miró a los ojos, yo continué mirando sus manos.

-Vaya no creas que eso es un alivio para mí. Siempre podrías ser peor que los demás y seguir siendo diferente a ellos. No me estás dando ninguna garantía….Además, creo que debería marcharme.

Intenté no titubear en mi última frase. Pero fue imposible y él lo supo. Pasé el resto de la noche en su habitación.

Sí, ahí está el melodrama asomando sus uñas a través del teclado que pulso. Vuelvo a intentarlo:

-Escúchame…

Lo dijo tan bajito que pensé que era una broma…Alargó la “e” final hasta que vió que le hacía caso. A menudo utilizaba esa extraña y tímida manera para llamar mi atención. Me giré.

-Escúchame Martina… – esta vez alargó la a, vete a saber porqué- No es tan facil como piensas. Yo… es una época difícil, entiéndeme. Estoy abrumado. El trabajo, mis padres, mi madre enferma, los estudios…

-Y Eva…¿verdad?

-Martina – me agarró del brazo como si con ello fuera a arreglar algo

-Pablo…

Esta vez fui yo la que alargó infinitamente la vocal que da cierre a su nombre y no dejé de hacerlo hasta que cerré la puerta y quedó solo en su cuarto.

De nuevo despedidas, de nuevo cosas que terminan.

Durante largo tiempo pensé en rendirme, en admitir que solo sé escribir sobre relaciones, huídas previstas, sentimientos arañados. Más tarde estuve apunto de asumir mi condición de escritora limitada y de segunda. Pero después me di cuenta de que eso no me hacía peor, simplemente experta en algo que se me da mal. Si eso es en algún sentido posible.

-Escuchame María.

-No. Escúchame tú Miguel. – posé mi dedo índice sobre su boca clavándole levemente la uña- Voy a escribir una novela sobre nosotros…

-¿Sobre tí y sobre mí? – contestó perplejo

-Sí. Sobre nosotros, y sobre los demás que estuvieron aquí antes que tú. Y sobre todos lo que he imaginado conocer, los que vendrán. Pero sobre todo voy a escribir sobre mí.

– Guau. Eso es increíble María. -parecía realmente impresionado – ¿No me dejarás mal en tu historia verdad? – guiñó su ojo travieso, algo nervioso también.

Me reí.

– Te dejaré tal y como has quedado en la vida real ¿te parece? Y ahora si me permites….- alargué la palma de mi mano en dirección a la puerta. La ondeé – Tengo que escribir una novela.

Miguel, que nunca había sido muy avispado, entendió sin embargo esta última petición a la primera. La puerta rebotó al cerrarse, no sin cierto enfado. Pude oir sus pasos por el pasillo. Después bajaron el portal. Lo escuché incluso alejándose por la acera, ya en la calle, hasta que en cierto momento, no sé aún a ciencia cierta cuanto tiempo tuvo que pasar,  el sonido de su marcha quedó ahogado por el ruido de mis dedos tecleando esta misma historia en el ordenador.

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