Irene y su manera de apagar el mundo

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Incluso de noche y con las luces apagadas Irene era capaz de iluminar cualquier habitación.  Ocurría en la oficina donde los halógenos no eran competencia para ella y también cuando entraba al club al que solíamos ir después del trabajo. Cuando cruzaba el umbral de la puerta el mundo parecía detenerse y las pequeñas lamparitas de metal que había en cada mesa se apagaban un poco. Las conversaciones que mantenían las personas que se arremolinaban alrededor de las redondas y bajas mesas parecían entrecortase y los pasos apresurados de los camareros eran casi inaudibles, como si de repente hubieran decidido andar de puntillas. O al menos de esa manera llegaba el mundo a mis oídos. Algo irradiaba, no sabría decir a ciencia cierta qué. En lo que tardaba en llegar desde la puerta del local al taburete que estaba frente  a mí, yo aprovechaba e imaginaba todas las vidas que podríamos estar viviendo juntos. Una casa adosada a las afueras de Madrid, tres niños jugando en el jardín y un perro durmiendo en su caseta de madera. O algo más sofisticado, como un ático en Chueca, ningún niño jugando en el salón y un gato persa durmiendo en su cojín. Supongo que por aquel entonces cualquier vida me valía si esta era compartida con Irene. Aquellas tardes en el club las ideas iban y venían como locas en mi cabeza, hasta que  ella, ajena a todas mis elucubraciones, posaba su bolso de mano en la barra y entrecruzaba las piernas en dirección a su público.

-Iñaki, estás muy callado esta noche. Deja que te saque un Rob Roy.  – me dijo la última noche que nos vimos – Te alegrará el gesto y quizá incluso cojas algo de color en esas mejillas tan pálidas…. – Se giró y guiñó un ojo al camarero. Él comenzó a preparar el coctel. Tenía el poder de conseguir todo lo que quería apenas sin decir palabra y al parecer no ejercía esa magia solo sobre mí.

-Estás muy guapa esta noche – alcancé a decir titubeando.

Ella sonrío timidamente, mostrándome solo la mitad de sus dientes. Noté cierta incomodidad en aquella sonrisa. Una sonrisa que parecía querer escaparse por la puerta de emergencia del local. Pero enseguida deseché ese pensamiento.  ¿Qué importaba mi intuición en un momento como ese? Estaba guapa, radiante y yo estaba ciertamente nervioso. Con la mano derecha jugaba con una cajita de madera y terciopelo morado que tenía en mi bolsillo del pantalón. Decidiéndome pero aún dudando, agarré el Rob Roy que el camarero había dejado sobre un posavasos y dí un trago largo a la bebida. Jamás había sido amante de los combinados, y menos si estos incluían whisky, pero la ocasión merecía una dosis extra de valor. En unos minutos podríamos estar discutiendo y decidiendo entre Chueca y las afueras de Madrid, entre un perro o un gato en un cojín. La visión de todo aquello me hizo inmensamente feliz, y terminó por darme el último empujón que necesitaba. Pero ella se adelantó.

-No podemos seguir juntos Iñaki…. –dijo interrumpiendo mis intenciones.

Yo saqué mi mano del bolsillo y el mundo despertó. Las personas que se arremolinaban alrededor de las mesitas del club comenzaron a hablar más alto, los camareros empezaron a andar a zancadas de manera ruidosa y las luces de las pequeñas lamparitas parecían funcionar en su máxima potencia. El whisky del Rob Roy comenzó a picarme por la garganta. La cara de Irene se tornó borrosa y sus palabras incomprensibles. Continuó hablando por más de diez minutos, pero a día de hoy, más de quince años después, solo puedo suponer todo lo que dijo tras esa primera frase. Puede que un “Te quiero pero mereces más” o un “no eres tú soy yo”.

Lo cierto es que mi único posterior recuerdo es la imagen de mis zapatillas sobre la fría acera de la avenida muy lejos de sus zapatos. Y yo viéndola marchar. La observé cruzando la calle en dirección a la boca del metro. Línea 4. Puede que fuera camino a casa de un nuevo amante y puede que ese hombre viviera en Moncloa, pensé. Y sin embargo, con todo lo perturbador que pudiera ser ese pensamiento, no fue esto lo que me inquietó. A medida que las largas piernas de Irene alcanzaban el otro extremo de la Avenida Ramón y Cajal las farolas de la calle parecían apagarse, todo a su alrededor parecía un poco más oscuro, como si fuera marchitando todo al paso de sus tacones. Fue una observación tardía. Nunca había existido ninguna luz especial en Irene, me dije.  Su manera de tratar el mundo hacía que este fuera un poco peor y ella resultara favorecida. Incluso yo desde que la conocí y ya después de que se marchara, siempre había llevado conmigo algo de su oscuridad. Y lo que es peor, toda esa tenebrosidad se había pegado a mí alma como un chicle en un zapato o como una mancha que ninguna otra mujer se atrevería a limpiar en los sucesivos años. Irene nunca había iluminado nada. Siempre había sido ella y su manera de apagar el mundo.

 

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