De cuando la vida de Sonia se convirtió en un consultorio y su cama en un diván

Sonia

El dicho “tres son multitud” tomaba sentido y cuerpo aquella madrugada en su cama de dos por dos. Decidió que si  Juan seguía hablando de ella, de Marta, cogería la prenda más cercana y se la metería en la boca hasta la gargantilla. ¡No tenía otra opción! Después de tantos sentimientos manoseados y por más que ella quisiera siempre le quedaban cosas intactas por dentro. Orgullo, rabia o convicción, retazos de amor propio. Ya había divisado un calcetín,  a su izquierda debajo de la mesa del escritorio,  y calculado también  que podría alcanzarlo sin caerse de la cama y metérselo a tiempo en el gaznate. A tiempo y  antes de que pudiera hacer algún otro comentario sobre lo desgraciado que era desde que Marta se largó. O de lo blancos que podrían llegar a ser sus dientes a la luz de la luna. O de como el techo de cualquier estancia le recordaba tanto a la noche estrellada en la que hicieron el amor por primera vez.

Sí, con Marta solo hacía el amor. Hacer el amor no como la simple postura del misionero o el simple acto de mirar a los ojos mientras la metes. Aclaramos este punto para todas aquellas mentes simples o personas desafortunadas que puedan estar leyendo este relato. Para follar existían otras mujeres. ¿Acaso era Sonia una de esas mujeres? Estaba claro que en aquella ocasión lo estaba siendo, pero mientras el por fin callaba y dormía plácidamente ella solo podía preguntarse… ¿lo había sido siempre?

Ella nunca lo llegará a admitir pero sintió cierta envidia. Y eso que jamás se imagino con él. Tampoco con Miguel o Pablo, ni con  ninguno de los hombres que habían pasado por aquella habitación durante el último mes y sin embargo, con todos ellos  siempre sintió una tercera presencia no deseada bajo el edredón, junto con el peso de esos ojos lánguidos que imaginó debían tener todas aquellas mujeres. Si algo estaba claro es que Marta y todas las demás (María, Silvia o Raquel) debían ser de ese tipo de chicas que vuelven loco a cualquier hombre con su ambigüedad, sus pestañas interminables y su perfecta mezcla de melancolía y espontaneidad.  Esas malditas mujeres que no tenían nada que ver con ella, esas que (sin) querer matan la ilusión de un hombre y convierten en enfermera a cualquier otra que vaya después.

Mientras el roncaba, ella jugaba a atrapar la sábana entre los dedos de sus pies, consciente de que  aquella tela de lino sería de las pocas cosas que iba a tener de verdad entre sus piernas esa noche. Se sentía de nuevo una enfermera poniendo petachos por donde otras habían pasado antes, curando heridas que ella nunca hubiera sido capaz de  infligir, escuchando historia de batallas que ella jamás hubiera emprendido. 

Estaba claro, podía permitirse el capricho de no estar acompañada,  pero no el sentimiento de estar tan sola como cuando estaba con Juan. “Para estar sola ya tengo la soledad” pensó y resolvió, mientras el seguía ajeno a todo, que a la mañana siguiente a eso de las once le pediría amablemente que se marchara. Y a todos los demás que no volvieran. 

A la mañana siguiente, antes incluso de que amaneciera del todo, cerró la puerta de su apartamento (“te llamo”-“hablamos”) como aquel que cierra un tupper, esperando que lo que haya contenido nunca más vuelva a derramarse. 

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