La importancia de hacerme el amor

Ejercicio del taller de escritura; El monólogo interno

Dirigiéndose mentalmente a su marido muerto, la viuda convencional  le reprocha que nunca le haya hecho el amor como Dios manda.

Rufino, no me malinterpretes no es que no te haya querido, en realidad, cada vez que recordaba la plaza del pueblo con su orquesta, sus señoras en bata,  el alcalde pegado a la botella de anís o los farolillos de colores,  pero sobre todo tus ojos mirándome..me volvía a enamorar de tí, o de ese chico o de ese momento, no lo sé bien pero ahí estaba todo de nuevo, de golpe, me volvían a temblar las piernas. ¿Dónde quedó ese muchacho?  me pregunté durante los treinta años de nuestro matrimonio. Te lo digo ahora, no supe decírtelo antes, me quedé el resto de mi vida esperando que ese chico volviera a entrar por la puerta, a que reemplazara al señor gris de panza redonda en el que te convertiste nada más te puse el anillo en aquella ermita, ese señor extraño y analítico, que solo se acostaba a mi lado los domingos de cuatro a cinco, que igual ilusión le hacía bajar la basura que bajarme las bragas. Ese eras tu Rufino, y en el fondo a mi modo te quería.

Pero una vida entera sin despertar a los vecinos no es vida Rufino. Las sábanas siempre quedaban tal cual nos acostábamos, apenas me daba trabajo hacer la cama cada mañana ¿eso no te dice nada? Hubiera preferido que estuvieran rotas, aunque eso hubiera significado tener que quedarme toda la mañana siguiente remendándolas, lo hubiera hecho a gusto, con el sueño de una noche de pasión dibujándome una sonrisa pícara en las mejillas. Ay Rufino, me hubiera pasado toda una vida remendandolas si hubiera hecho falta. Yo quería que me hicieras el amor, que me cogieras por detrás mientras freía las patatas, que me bajaras de la banqueta a la que me subía para limpiar los cristales y me lo hicieras todo contra el suelo o la mesa o el armario de las escoba. Me hubiera gustado esconder nuestros deseos más oscuros en el trastero, entre la aspiradora y el triciclo del niño, e ir a visitarlos todos los días de la semana, cuando los niños ya estuvieran dormidos, y ya no tuviera el temor de susurrarte todo lo que me hubiera estado guardando durante la cena. Lo que quería que me hicieras, lo que quería hacerte, hasta cuando o sin parar…y sobre todo durante todo ese juego volver a descubrir los ojos de aquel muchacho, y volver a ser novios, y volver a casarnos, y tener hijos y esperar ansiosa a que llegara el domingo y puede que volver a decepcionarme, a exasperarme y volver a escribirte esta carta una vez  volvieras a estar muerto Lo que sea y todo de nuevo  pero contigo. ¿Ves Rufino? En el fondo te he querido toda una vida.

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