La última vez que vi a mi padre

De pie en aquél vagón intento calcular cuanto tiempo puede quedar para llegar a nuestro destino. Estiro mis brazos por encima de los hombres y mujeres que me rodean en busca de la mano, el brazo,la pierna, la piel…cualquier cosa que sea de mi padre. Pero es inútil. Siento una punzada en la sien.  No sé lo que me ocurre. Mi mente trabaja más que nunca, se pregunta y se responde. Se responde incluso antes de preguntar. Porqués, Comos y Síes  pelean entre ellos para ser los primeros en encontrar respuesta y apunto estoy de marearme. Ahora lo veo. Mi padre está a cuatro metros de mí, en la esquina derecha de aquel vagón, agarrando fuertemente una caja de hojalata. Yo misma he visto como antes de abandonar nuestra casa la rellenaba de antiguas cartas de mi madre. Nadia, que es como se llamaba mi madre, murió hace 3 años, coincidiendo  con la  época en la que apenas teníamos comida que llevarnos a la boca. No hubo funeral ni entierro, tampoco demasiadas explicaciones, ni siquiera cuando oí a mis compañeras comentar  que la habían visto al final de la calle Prosta, con poco más que un bolso como vestimenta. Mi padre siempre respondía con las mismas dos palabras a todos mis ruegos y preguntas “Está muerta” y después continuaba tomando la sopa o se llevaba un trozo de pan a la boca, permaneciendo en silencio el resto de la cena.  Es cierto que desde aquella desaparición nunca más volvimos a pasar hambre en aquella mesa.

Hay un pequeño hueco que conecta el vagón con el exterior. Lo miro en busca de respuestas pero hace rato que ya nadie en aquel vagón es capaz de divisar casas, copas de árboles, animales, ni siquiera nubes a través de ese resquicio. Eso me inquieta. Creo que nos inquieta a todos. Es como un folio en blanco en el que nadie sabe que será escrito. Hay una pelea a mi lado, un hombre lucha por quitarle una cantimplora de hierro a una mujer que  está dando las últimas cuatro gotas de agua que le quedan a su hijo. Un par de hombres arremeten y le insultan en vano. El hombre no parece tener compasión ni principios. O quizá es que simplemente ya no nos queda sitio ni para ese tipo de cosas en esta caja de madera. En ese tumulto de empujones y niños llorando pierdo definitivamente de vista a mi padre. Después de 27 horas de viaje estoy a punto de llorar. Lo provoca el sentimiento más pleno y consciente que he experimentado en mi vida.  Me siento sola por primera vez en mucho tiempo, como si no perteneciera a ningún lugar, como si hubiera salido de este planeta y  observara a los demás desde algún rincón del espacio, un rincón donde solo se escuchan las estrellas nacer y los cometas chocar. O al contrario, como si todo el mundo hubiera abandonado la tierra y me observarán desde lejos, mientras se entretienen con cometas que chocan y estrellas que nacen ignorando que me olvidaron en nuestro planeta. Sea como fuere, estoy lejos de todo lo que podría haber considerado mío en algún momento y eso me desgarra. Echo un par de lágrimas que creía no tener y me quedo dormida de pie, con todos aquellos cuerpos que chocan contra el mío como único colchón.

Sueño con mil planetas que no son el nuestro. Y en cada uno  puedo ver sentados a cada persona de aquel vagón. El niño. La madre. El hombre sin principos. Yo también estoy en uno, y si estiro el brazo puedo llegar a tocar al resto. Esta vez me estiro con todas mis fuerzas y abrazo a mi padre. Lo abrazo hasta que ya no me siento lejos de nada y  ese gesto queda interrumpido por la voz de una señora que habla en un idioma que jamás he escuchado. Se abren las compuertas del vagón. Dos hombres con traje verde comienzan a sacar a la gente en lotes. Lotes de tres, de cinco e incluso de diez personas, como si ya no importara donde comienzan y acaban sus cuerpos. Algunos caen al suelo de la estación, otros inertes quedan esparcidos por el suelo del vagón. Una mujer tras los hombres de verde grita “mädchen..männer” mientras señala con sus dedos índices los extremos de la estación. Yo soy de las últimas en ser extraídas y soy apartada hacia la derecha por la mujer que grita. Le robo una fracción de segundo esa mano que me aprieta el brazo y me empuja lejos del anden y por un segundo vuelvo a reencontrarme con la mirada de mi padre. Esta cargada de tristeza, la misma que yo he tenido durante todo el trayecto. Todavía sujeta aquella caja entre sus manos. “No estás solo” alcanzo a decirle. Y esta es la última vez que veo a mi padre.

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