Verdaguer

Fue hace un par de años. Bajé apresuradamente las escaleras y el ruído del metro alejándose se me clavó en la nuca como una aguja. El traqueteo del último vagón rebotó en las paredes y llegó a mis oídos como esas carcajadas que se alejan pero aún son capaces de alcanzarte. Ya sabes como odio que me dejen con la palabra en la boca.  Ya era la segunda conexión que perdía ese martes con regusto a lunes. Por aquel entonces incluso el más entretenido de los sábados aparecía ante mí disfrazado de primer día de la semana. Me senté en un banco, resignado y somnoliento  entre una señora sitiada por bolsas y un chaval que seguramente fuera a coger la línea 3 hasta Diagonal y después la  cuatro hasta el  campus. Nunca lo supe a ciencia cierta. Pero es lo más probable. De su mochila  asomaban apuntes de derecho mercantil. Le observé. Claramente me intrigaba más que la mujer de las bolsas. Tenía restos de pubertad en su cara; acné, una tímida barba y  algo  que me costó distinguir a primera vista y que terminé definiendo como esperanza. Sujetaba en su mano libre un teléfono, que soltaba pítidos a intervalos de tres segundos.  La vibración del aparato parecía traspasar su palma, subir por su cuerpo y llegar hasta  su cara provocándole pequeñas arrugas en las comisuras de sus labios. Ese gesto tenía un nombre, eso pensé. Me llevé los dedos a la boca en un intento de recordarlo. De tirar de un hilo invisible que arrastrara la palabra desde la punta de mi lengua  hacía fuera.  Sabía que se trataba de un simple sustantivo, pero yo solo podía pensar “Marta, Marta, Marta”.

Alcé la cabeza imitando la postura tranquila de aquel chico. Al hacerlo mi cuello sintió cierta tirantez, debido seguramente a que por aquel entonces tenía cierta afición por clavar mi mirada en baldosas y parqués.  Miré de frente el mundo que me rodeaba y en ese momento, debajo del cartel amarillo de “Verdaguer” te ví. O ví a una chica que se parecía mucho. Estabas de perfil o estaba. ¿Acaso importa? Me hubiera bastado con que compartierais color de pelo. Te necesitaba desde hacía miles de lunes. Aún quedaban dos minutos para que llegara mi tren. Lo admito. Era tiempo suficiente para cruzar las vías y estrecharte en mis brazos. Pero hubiera perdido de nuevo mi conexión y no podía permitirme más tropiezos. “Pérez, no puede usted llegar tarde de nuevo” esa frase me retuvo. Un minuto.  “Nunca terminas nada de lo que empiezas” me recordó mi padre. “No aprendes de tus errores” me reprochó Carlos. Parecía hundirme en aquel banco. Me agarré a él fuertemente, pero la humedad de las palmas hizo que las manos resbalaran y mi determinación quedó resuelta en un gesto torpe. “No sé ni decidirme” me dije a mi mismo…  

Sí, en esa maraña de reproches te perdí. Un vagón dirección La Sagrera  ocultó tu silueta y se la llevó. Por eso te escribo, hoy, ahora, tarde, sin venir a cuento. Para que me la devuelvan. Quiero que entiendas  que aquella mañana me decidí por los pequeños fracasos  para no enfrentarme al mayor de todos. Aunque fueras mi favorito.

No sé si sigues teniendo el mismo correo electrónico. Quizá este mensaje llegué a tu bandeja de entrada y tu servidor inteligentemente lo ubique entre tu correo basura . O puede que aún más dolorosamente seas tú quién lo seleccione y lo arrastre hasta la papelera más cercana.

   Solo sé que estoy dispuesto a fracasar. Llámame.

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