El día en que Sara supo que nunca tendría unas manos bonitas

Había dos razones por las que Sara se mordía las uñas. La primera, la que la inicio en esa terrible costumbre fue la muerte de su padre. Mientras el resto de la familia se sumergía en un mundo de  pañuelos y lágrimas para expresar su dolor, ella una niña de tan solo seis años y por lo tanto extraña siempre en sus reacciones, generó aquel ritual que parecía ser el único que la calmaba. El segundo pasaje de su vida que terminó por afianzar aquel repugnante gesto fue la tarde que su primera jefa, una mujer bajita y con un cuello plagado de venas hinchadas, la echó de su puesto. Sara pudo haber montado en cólera y haber destrozado su despacho o haberle rogado de rodillas que la readmitiera. Ambas, respuestas muy humanas y comunes. Pero ella no se sentía ni enfadada ni desesperada, y se limitó a volver a casa, encender la televisión y darse un buen festín.  Podría decirse que con cada mordisco a sus dedos Sara creía alejar de ella la tristeza o el  fracaso. O ambas cosas a la par.

Esa semana, de hecho, ambos motivos habían eclosionado (había discutido fuertemente con su hermano y había suspendido unas oposiciones) y tenía los  dedos más  destrozados que nunca. Por ello, aquella tarde frente a Pedro, escondía sus manos debajo de la mesa. No quería que él las viera. Sería como convertirse en una diana de fácil disparo.  Deseó que fuera diciembre para poder cubrírselas con unos guantes, pero Pedro había decidido confesarle que quizá no la quería tanto en pleno mes de julio. Hasta en pequeñas cosas como esta se las apañaba para ser inoportuno.

-¿Se me pasará verdad?

-¿el qué?

-Esta estupidez de quererte

Pedro hizo una mueca de desprecio moviendo su cabeza lentamente hacia ambos lados.

-Sabes que odio que hagas eso…

-No sé a qué te refieres…

-Me refiero a que siempre cuentas tu  verdad. Como si no hubiera otra. Y…y… esa manera de hablar, como si fueras la protagonista de alguna novela. Una novela de un escritor venido a menos claro. No eres ninguna de las hermanas Bennet ¡joder!

Sara se ofendió ante aquellas palabras. A punto estuvo de sacar las manos de debajo de la mesa, zarandearlo, gritarle lo jodidamente estúpidas que eran siempre sus palabras. Pero se contuvo. La vergüenza de exponer sus sentimientos de aquella manera tan burda  refrenó sus primeros instintos. Incluso fue más allá al darle  la oportunidad de continuar.

-De acuerdo. Entonces explícame cual es tu verdad sobre todo esto.

En los instantes posteriores a aquella invitación , solo se pudo escuchar el burbujeo de la leche calentándose  más de lo debido entre las manos del camarero. Llegó de la calle a su vez, traspasando la puerta, los improperios de una mujer que acababa de perder el autobús de la línea 28. La discusión acalorada de una madre y una hija que tomaban un té en la mesa contigua, fue también claramente audible.

-¿Vistes el partido de anoche? ¿estuvo bien verdad?… – se atrevió a decir Pedro 10 segundos más tarde.

Sara dedujo que el partido del día anterior debió de ser muy interesante, pues el no parecía parar de hablar.  Se quedó  pasmada, observando como movía la boca y se burlaba por última vez  de ella. Pedro tenía los labios pálidos, de esos que  parecen rogar ser mordidos para volver a la vida. Eso siempre le había gustado de él. Eran como uno de esos  secretos que solo se revelan a unos pocos afortunados. Como esas hojas con tinta de limón que solo se leen a contraluz. Aunque en esos momentos Sara solo quería arrancárselos de cuajo. O estamparle el vaso en la cabeza. Esa también le pareció una idea bastante relajante. O quizá un plan más elaborado como robarle el cazo de leche hirviendo al camarero y verterlo en su entrepierna. Se deleitó con esas ideas, dejó que bailaran libremente en su mente, pero no llevó a cabo ninguna.  Ella no era así, ella no reaccionaba como el resto de la gente. 

Los hielos de su vaso se habían derretido para cuando el terminó de relatarle el partido. Se habían diluído igual que la paciencia en aquella mesa. Sara terminó su café de un trago,  y con paso rápido abandonó el bar con las manos en los bolsillos. Seguía empeñada en ocultar su vulnerabilidad aún consciente de que era demasiado tarde. En cuanto pisó la calle comprobó que el aire fresco era incapaz de calmar su ira y  decidió llevarse el dedo índice hacia su boca y colocarlo entre sus dientes. Había encontrado su tercer motivo. Ese  día  Sara supo que nunca tendría unas manos bonitas.

Nena Daconte – Disparé

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