Hugo

Clara siempre pensó que si alguna vez se despedía de Hugo lo haría en una estación de tren. En los aeropuertos, uno puede quedarse atascado en el control de seguridad, toparse y tropezarse con carritos y maletas o perderse por infinitas puertas y pasillos. Además, ni Hugo ni Clara vivían en Arkansas,  Wisconsin, o cualquier otro estado americano donde correr tras el amor de tu vida es  considerado razón suficiente para paralizar  el tráfico aéreo de todo un país. Hugo no llegaría tiempo a la puerta de embarque, ni sería ayudado por los pasajeros que esperan en las colas, ni por las azafatas de vuelos de bajo coste . Y si por el contrario uno de los dos decidiera escapar de su vida montado en el Skoda Fabia que compartían desde hace año y medio ¿cómo sabría el otro qué carretera tomar para impedírselo?  El tren, sin embargo, es un transporte capaz de detenerse con un simple tirón de palanca, y por lo tanto, el que uno debe de tomar si no está muy seguro de huir. Pero aquella vez, a diferencia del resto de ocasiones en su vida, esa vida que se había traducido a una sucesión de breves encuentros y largas despedidas, esta vez, por fin, estaba muy segura de lo que estaba haciendo.

” Aviso a los pasajeros del vuelo IB459 de Iberia con destino Bilbao…” 

 

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Se agachó en busca de su mochila y con aquel gesto  se le cayó algo del bolsillo izquierdo de su chaqueta,  creando una inesperada imagen en el suelo de la terminal A1. Primero lo observó extrañada y después lo recogió del suelo lentamente. Le costó  más de lo habitual decidirse a hacer aquel movimiento , como si el simple y llano tacto con él fuera a hacerla viajar en el tiempo. Hacía mucho que no se ponía esa chaqueta, exactamente desde la última vez que llegó a Barcelona.

Era el verano del 2004 o 2005. A partir de cierta edad se pierde la habilidad de correlar el tiempo con los hechos, sin importar cuan importantes fueron. A principios de junio  de aquel año (o del siguiente) Clara transportaba dos pesadas maletas camino a su piso en Carrer Rocafort. Había intercambiado un par de e-mails de tono muy impersonal con la persona con la que iba a compartir el piso y cuando la vio no quiso creer que el autor de aquellos mensajes de tono frío y carentes de despedida podía ser la misma que abría la puerta enérgicamente y la saludaba  mediante la más amplia de las sonrisas.  Hugo tenía el cabello castaño y los dedos largos, huesudos, de ese tipo de manos que parecen aferrarse a las cosas con natural insistencia. Eso es lo que más le llamó la atención aquel primer día. Así agarraba el pomo de la puerta, así sostuvo la cintura de Clara al saludarla.  “Este es el salón… el comedor está al otro lado. Es algo extraño pero te acostumbraras. El cuarto de baño, el tenderete está detrás de la puerta… mi cuarto y el tuyo… es este de al lado” Clara se estremeció ante la cercanía de las estancias “Me tengo que marchar, te dejo mi tarjeta, ahí tienes mi número si necesitas cualquier cosa”.

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Cuando la puerta se cerró y en el tranquilo silencio que se crea tras las cosas buenas, a Clara le complació comprobar que aquel chico no se parecía en nada a nada que hubiera deseado antes y pensó que  esto solo podía ser una buena señal. Se aferró a esa idea obsesivamente, ignorando tantas otras igualmente poderosas y contrarias durante los siguientes dieciocho meses. Las escasas mañanas en las que se despertó y él aún permanecía a su lado y por lo tanto las innumerables mañanas en las que el dibujo de unas sábanas arrugadas fue lo único que encontró. También, durante aquellos meses, fue arraigándose en ella la  costumbre de imaginarse todas las cosas que eran normales vivir. Así creyó contestar todas las llamadas que él olvidó hacer,  observó todas las fotos que no se hicieron juntos y dibujó en su mente los rostros de  todos los amigos él no le presentó. 

Solo el día anterior a haber comprado los billetes de vuelta a Bilbao, un año y medio después de lo esperado, supo que las buenas señales no existen y que las malas siempre dan en el clavo. Supo con dolor que  Hugo sujetaba de manera pasional todo lo que cogía con sus manos, sin tener en cuenta lo que significaban en su vida. Agarraba con igual intensidad la taza de café que tomaba por las mañanas, el cuerpo de ella a las noches y lo hacía así también con los muslos de aquella mujer la tarde que Clara consiguió salir antes del trabajo para darle una sorpresa. El sonido de las llaves abriendo la puerta del apartamento no fue lo suficientemente fuerte para detener aquel desastre o apaciguar la verdad de alguna manera.

 “Último aviso a los pasajeros del vuelo IB459 de Iberia con destino Bilbao…”

Todavía con la imagen de las bragas de aquella mujer sobre la mesa del comedor y mientras se levantaba, aplastó con dolor el trozo de cartulina en su mano derecha . Lo aplastó con el mismo dolor que permitió que Hugo le causara. Después, ya en el avión, encajó aquella bola en la papelera trasera del asiento.  Consiguió cerrar la tapa con empeño y con rabia, la rabia de  saber que aquel estúpido gesto y su marcha iban a ser su única venganza.

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