cinco, cuatro, tres, dos, uno….

pink_morning
Las cosas más bellas son las que no han sido creadas por nadie y no pueden alterarse. Están, existen y solo cabe contemplarlas.

Es el último día del año y amanece  lentamente. No hay nadie a cien metros a la redonda y eso la hace sentir que amanece solo para ella, dotando al momento de cierta magia e intimidad. Una sensación tan soberbia como ilusa. Tras el cristal ve el cielo pintado de tonos rosa e intenta capturarlo con la cámara Nikon que toma prestada. Siempre prestada. Y le viene a la mente la sensación, mientras observa ese estallido de color a través del objetivo,  que todos esos colores siempre han resultado ser preludio de algo bueno. El prólogo de una historia con final feliz.  O quizá por pensar que iban a serlo siempre terminaron siéndolo, dando la razón a todos aquellos defensores de que la actitud prevalece ante la circunstancia y a tanto otros que promulgan que “happiness is an inside job”, como leyó recientemente en alguna de las inumerables páginas por las que navega a diario y a la deriva. Siempre a la deriva. Esta es como una de esas muchas conexiones que se ha ido descubriendo son bidireccionales; el que es feliz sonríe, pero el que sonríe también consigue ser feliz de igual manera.

Cualquiera que la conozca lo sabe; no cree en supersticiones. Pasa alegremente debajo de escaleras y no se alarma cuando un espejo se le rompe. Siempre ha tenido, sin embargo, rituales que solo tienen sentido en mentes singulares como la suya. Se asemeja a Mathilde en “Largo domingo de noviazgo“, cuando corre ladera abajo  repitiendo una y otra vez la misma frase en su cabeza “Si llego a la curva antes que el coche, Manech llegará sano y salvo…sano y salvo…”. O cuando viaja en el tren con el ticket en su mano y al ir a atravesar un túnel repite para si “Si cuento hasta siete y el tren no ha entrado en un túnel o el revisor no viene, Manech esta muerto; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…” La primera ocasión en la que vio aquellas escenas sintió una mezcla de alivio y empatía, no debía ser la única persona en el mundo que se ataba desesperadamente a una ilusión mediante ese tipo de extraños pensamientos. Ella, al contrario que Mathilde, siempre hace las cuentas para atrás;  cinco, cuatro, tres , dos, uno…

Termina de amanecer y repasa una a una todas las instantáneas que le ha dado tiempo a tomar. Le han quedado regulares, tan regulares como todas las que ha ido sacando a lo largo de su vida. Odia lo mediocre y por ello, está a punto de borrarlas, pero en el último momento se echa para atrás. Quizá más tarde o mañana le parezcan buenas. Es lo bueno del tiempo que es capaz de cambiar nuestras miras 180 grados a veces en apenas dos minutos. Hay algo que siempre se le escapa, entre el momento en el que observa un objeto y el momento en el que aprieta el botón de su cámara prestada. Algo que nada tiene que ver con el brillo, la luz o el balance de blancos, tampoco con el tiempo en el que deja abierto el obturador. Nunca sabe lo que es o puede que haya momentos que no pueden congelarse, como esos viejos sentimientos que se van difuminando y ya nunca vuelven.

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