Mira las estrellas

“Mira  las estrellas” me dijo mientras señalaba con su dedo índice el techo de la habitación. Miré curioso al  techo pintado de un azul claro que ni de lejos se asemejaba a la negrura de la noche. Pero ella insistía igual que hacía en muchas situaciones, con toda la naturalidad del mundo, como si no estuviera en realidad diciendo nada extraño. Muchas veces me llegué a plantear si realmente Midori no se daba cuenta de que todo era producto de su fantasía; llegué a creer que en verdad  era capaz de ver estrellas en un techo repintado, pequeñas olas en la hierba del jardín y montañas en la ropa amontonada que solía dejar esparcida por el suelo de la habitación. Tenía una imaginación desbordante que presumiblemente no debería de poseer. Se había criado entre una madre abogada y un padre oficinista, cabía esperar de ella una persona plana y apegada a los hechos, como era yo en aquella época. Siempre supuse que esa cualidad suya de ver dónde no hay era una de esas cosas que se apegan a uno antes incluso de haber nacido. Como un don que por equivocación hubiera recaído en la persona menos indicada.

-Vamos al jardín a ver las estrellas – le propuse

-¿Para qué? ¿Acaso no las estamos viendo ya Watanabe?

– Esto no es ver, es imaginar Midori. Es diferente.

-Yo no veo la diferencia. Si creo que algo es cierto, si consigo imaginarlo con todo detalle y sentir lo  mismo que la vez que verdaderamente lo viví… ¿dónde está la diferencia?. Esta sociedad está demasiado obsesionada con lo que se ve y se toca. Bueno con lo que se toca especialmente. ¿Es menos cierto algo porque los demás no sepan verlo? Es todo cuestión de percepción y… yo construyo mi verdad porque no me gusta la que me imponen… ¿entiendes? No me importa que me tachen de loca y…

Imagino que me rendí porque empecé a ver estrellas en el techo. Dejé de escucharla pero su inagotable fuente de argumentos seguía llegando a mis oídos como un murmullo que me introdujo en una especie de trance o sueño. Entre muchos otros, Midori tenía ese efecto en mí. Me pregunto que hubiera pensado ella si supiera que a veces no la prestaba completa atención. Creo que le hubiera importado más bien poco. Ella era libre como las ideas que rondaban su cabeza.

La radio estaba apoyada en la mesita de noche. Era una radio vieja, de las que en pocos años podría venderse a un ansioso coleccionista de antigüedades, con una rueda como mando y una antena abollada. De ella, entre interferencias, pude llegar a escuchar la sosegada voz de Elliot Smith mientras cantaba  la estrofa”look up the stars”. Pensé que era un momento “cuco”, como los que describe un director retirado en la película “The Holiday”. Ese tipo de instantes en los que la casualidad empieza a verse cuestionada.  Con Midori tenía la oportunidad de vivir muchos de aquellos momentos . Me gustaba estar con Midori. Lo hacía todo diferente en un  mundo que por aquel entonces no lograba emocionarme. Cogía cualquier cosa y le daba la vuelta. Así era ella.

Ahora, 20 años después, solo cuando escucho esa canción soy capaz de recordarla con memoria fotográfica. La recuerdo enrollada entre esas sábanas verdes tumbada en aquella cama junto a mí, ignorante de que trastocaba mi mundo. Debía haberle dicho que lo hacía, que la quería. Ahora simplemente la echo de menos. Suene o no la canción.

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