abre la ventana, pero no demasiado

La casa se había quedado vacía de recuerdos, por lo que decidió subir a la azotea con la vaga esperanza de que en su huída alguna hubiera despistada quedado atrapada allí arriba.

Habían pasado dos meses, 3 días y unas cuatro horas (calculó a ojo) desde que ella se había marchado, en silencio, empaquetó en una pequeña maleta de cuero verde todas sus pertenencias y se había marchado sin ninguna palabra en su boca, sin hacer ningún ruido y con calma. La calma que solo aquel que no tiene pena de marcharse se puede permitir. La puerta al cerrarse sonó rotunda, con un golpe hueco y mudo que le pilló por sorpresa. Y solo entonces él se atrevió a salir del salón, recorriendo la casa rápidamente , cuarto por cuarto, queriendo pensar que los cinco últimos minutos habían sido soñados. Allí estaba el sofá negro (ahora grande e inútil) junto a la ventana, donde solían sentarse a ver cualquier película, y junto a ella, en una pequeña mesa de cristal el par de velas que ella había insistido en traer, y el libro de Murakami que olvidó devolver a la biblioteca debajo del de Nietzsche y un sin fin de tonterías esparcidas en 45 metros cuadrados que solo le hablaban de ella, en murmullos suaves, pero a toda prisa.

Le costó dos meses, 3 días, 4 horas y 1 minuto darse cuenta del papel jugado, de la verdad que no quería ver en cada detalle. Todo ese tiempo que se creía compartido lo había transcurrido solo y cada vez que cogió su mano tocó el vacío, así como siempre que dijo te quiero había gritado en vano. Y el sofá… el sofá siempre había sido grande e inútil.
Siempre se interpreta mal el papel que no se cree estar jugando.

Y ahora, cuando más sentía la necesidad de recordarla no quedaba nada de ella, solo paredes mudas que no contaban historia alguna porque el decidió un día que lo mejor era abrir las ventanas de aquel piso en una manera de olvidarla.

Atardecía en Madrid, que se despedía con una luz dorada que jamás había visto antes. Las calles estaban medio desiertas, pero eso es algo que se solucionaría en un solo día, con la llegada de septiembre. Corrió una suave brisa insólita de finales de agosto y recordó la primera noche en aquel mismo lugar. La misma luz, el mismo vestido azul y la misma inocencia de los comienzos. Se sintió entonces contento al darse cuenta de que no todo cabe en una pequeña maleta de cuero verde, que no toda ventana abierta significa siempre el olvido, que lo bueno es recordar si se hace sincero y tranquilo.
Sintió este último recuerdo y ya nunca lo dejó marchar. Mientras la fachada era golpeada con la última luz del día.

Bon Iver, re:stacks

Para A.Hc. por mostrarme la mejor cara posible de Madrid.

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