la calle

Creía que ya había aprendido todo lo que necesitaba saber y sin embargo, se encontraba echada en el suelo de la incomprensión. Inexplicablemente, había tropezado con la misma piedra que ya antes le había causado diversas fracturas en el corazón, y que esta vez, ávida de dolor, se había disfrazado de esperanza.

Era una tarde pesada, dueña de una rutina insufrible y a la vez inquebrantable. Las horas transcurrían y ella aún no había llorado, quizás a causa de la apatía y el agotamiento interior. De pie y tendiendo su cuerpo a la calle, se asomó al balcón.

Desde el balcón divisó su vida. Los vecinos con los que hablaba del tiempo, el árbol en el que dio su primer beso, las escaleras en las que tantas veces dijo adiós o el banco donde comprendió que ya no ibas a volver. El del cuarto, y la del tercero, las baldosas que la habían sostenido, el parque donde jugó y tantas veces soñó con ser mayor, con ser mejor.

 

Se giró entonces sobre si misma, un poco más aliviada, y paseó su mirada por la casa. Ella, sus rincones, sus muebles, sus paredes, comenzaron a hablar como nunca lo habían hecho antes. Le contaron historias que ya había olvidado y otras muchas que ojalá no fuera capaz de recordar. Momentos en los que ella fue su cárcel, momentos también en los que fue su refugio.

Comprendió entonces, que aunque no le gustará siempre, aunque muchas veces hubiera querido huir de ella, escapar, gritar… esa era su vida y la quería para ella.

Bajó a la calle de nuevo, y decidió comenzar a llenarla de historias.

Ismael Serrano, Km 0

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